Trauma: la epidemia de la que (casi) nadie quiere hablar


El aumento constante del número de problemas de salud mental y enfermedades crónicas y psicosomáticas no es casualidad. Ya hablé de este tema recientemente. Hoy me gustaría ampliarlo con la visión de una de las personas que más me han inspirado: el brillante doctor Gabor Maté. Creo que vale mucho la pena conocer su trabajo.

Gabor Maté nació en Budapest en 1944 y poco después emigró a Canadá con su familia. Allí trabajó 12 años en una de las zonas con el índice más alto de problemas de salud mental y adicción, así como otros 20 años como médico de familia y coordinador de cuidados paliativos. Ha publicado varios libros de éxito basados en su propia experiencia durante esos años y ha sido galardonado en múltiples ocasiones.

 

Trauma - Gabor Maté

 

Problemas de salud genéticos

Gabor Maté afirma que el porcentaje de problemas de salud mental y crónicos causados exclusivamente por características genéticas es mínimo. Incluso cuando nuestros genes nos predisponen a desarrollar ciertas enfermedades, hay factores que determinan casi totalmente si las padeceremos o no.

La medicina actual separa la mente del cuerpo y el individuo del entorno al analizar los problemas de salud y sus posibles soluciones. Aunque actualmente sabemos con certeza que nuestro estado emocional puede afectar a nuestra salud general, tanto para enfermar como para recuperarnos, en las consultas no se suele tener en cuenta.

Hay numerosos estudios que confirman que la mayoría de enfermedades de tipo crónico, desde cáncer y ELA hasta fibromialgia y adicción, están directamente relacionadas con el estado emocional del paciente. Y este no solo influye en la recuperación, sino también en la aparición y el desarrollo de estos problemas.

Aunque pueda sorprender, no todos estos estudios son recientes. Hace mucho tiempo que se sabe que el cuidado emocional es básico para la prevención, pero estos conocimientos no se aplican en la práctica.

La influencia de la salud emocional

Todos sentimos numerosas emociones a diario. Cada uno las experimenta con distinta frecuencia y reacciona a ellas de forma diferente. Las reacciones a las emociones no incluyen solo las acciones que tomamos ante ellas, sino también nuestro estado interior al sentirlas: lo que nos decimos y creemos a partir de ellas.

Lo que Gabor Maté afirma y la mayoría de la gente no sabe es que estos estados interiores se generan a partir de patrones programados en nuestro cerebro. Especialmente durante nuestros primeros años de vida, ya que en la infancia se generan muchas más conexiones neuronales.

A pesar de que nuestro ADN no cambia a lo largo de nuestra vida, el modo en que su expresión se regula en nuestro organismo sí varía. Esta regulación es la que decide si desarrollaremos o no una enfermedad a la que estamos predispuestos genéticamente. En ella influyen numerosos factores, incluidas todas las experiencias que vivimos.

La ciencia que estudia todos estos factores se denomina epigenética.

Trauma

El desarrollo del cerebro durante los primeros años de vida, e incluso durante el embarazo, es el factor más decisivo en la selección de nuestra expresión genética. Las experiencias durante los primeros años de vida programan patrones concretos en nuestro cerebro, que determinarán nuestras reacciones ante cualquier situación.

En sus conferencias y entrevistas, Gabor Maté suele pedir a la gente que recuerde un momento reciente en el que se han sentido mal o incómodos. A continuación, les pide que intenten recordar la primera vez que se sintieron así.

No se trata de haber vivido la misma situación ni de haber pensado lo mismo, sino tan solo de la emoción en sí. Haz este ejercicio y en seguida verás lo antiguas que son todas tus emociones y lo mucho que se han repetido a lo largo de tu vida.

Estas primeras veces en las que nos sentimos solos, abandonados, ignorados, etc., y experimentamos emociones como tristeza, miedo o rabia, son las que programaron nuestra respuesta. Y a día de hoy, cada vez que la sensación reaparece en nuestra vida diaria, repetimos el mismo patrón de forma inconsciente.

Esta programación de la que nacen nuestras reacciones adversas es nuestro trauma. Y es muy difícil que no tengamos ninguno, ya que nadie es perfecto, y eso incluye a todos los adultos que nos criaron.

El trauma se transmite entre generaciones, ya que los padres y cuidadores actúan condicionados por su propio trauma al criar a los niños. Echa un vistazo a este artículo de la BBC sobre la repercusión del trauma en los descendientes de quienes vivieron durante la guerra.

«Yo no tengo ningún trauma»

Gabor Maté también recomienda el ejercicio anterior a quienes afirman no tener traumas. Piensa en alguna emoción negativa que sentiste recientemente. ¿Cuándo sentiste esa emoción por primera vez? Probablemente recuerdes algún momento de tu infancia o adolescencia. ¿Qué hiciste entonces al sentirla? ¿Se lo contaste a alguien? ¿Hablaste con tus padres o amigos? ¿Cuál fue tu reacción para protegerte de esa emoción?

A continuación, piensa: si tus hijos o seres queridos se sintieran como tú lo hiciste en ese momento, ¿te gustaría que hicieran lo que hiciste tú? Por ejemplo, si no hablaste con nadie de lo que te preocupaba, ¿te gustaría que tu hijo no hablara contigo cuando algo le preocupa? ¿Por qué podría ser que lo hiciera? Probablemente pensarías que no confía en ti o que tiene miedo de contarte lo que le pasa.

Pues eso es exactamente lo que te pasaba a ti: no confiabas en tus padres o tenías miedo de su reacción.

Siguiendo con este mismo caso, ¿por qué a esa edad ya tendías a esconder una parte de ti? Es posible que en algún momento hubieras sentido abandono o rechazo.

Por ejemplo, si cada vez que te enfadabas y chillabas o llorabas tus padres te castigaban, aprendiste que para que te quisieran, debías ocultar la rabia y la tristeza. O, si en tu familia había alguien muy enfermo o uno de tus padres trabajaba mucho y siempre estaba estresado, tal vez aprendiste que las necesidades de los demás eran importantes y las tuyas no.

Evidentemente, no puedo poner ejemplos para todos los casos posibles. Pero si puedes aplicar este tipo de análisis a tu situación personal, seguramente descubrirás que adquiriste algunos de estos patrones insanos en la infancia.

La autenticidad y el apego

No es necesario poner ningún ejemplo drástico, como el abuso infantil o el crecimiento durante la guerra. Esos casos sin duda generarán todo tipo de traumas y mala gestión emocional, pero algo tan simple como castigos en solitario o falta de validación de las emociones es suficiente.

Cuando somos pequeños, tendemos a ser totalmente egocéntricos y damos por sentado que todo lo que pasa a nuestro alrededor tiene que ver con nosotros. Por ejemplo, los niños cuyos padres se pelean con frecuencia o se divorcian tienden a creer que son culpables de la situación.

Por otra parte, todos los seres humanos, niños y adultos, necesitamos expresarnos tal como somos. Cuanto más pequeños, más espontáneos. Pero, poco a poco, nos vamos amoldando para cumplir con las exigencias de nuestro entorno y agradar a quienes nos cuidan, sacrificando la autenticidad en favor del apego.

En la infancia no tenemos elección porque necesitamos el apego de nuestros cuidadores. No podemos sobrevivir solos. Por tanto, haremos todo lo posible para que nos quieran. Pero esos patrones que nos ayudan a corto plazo nos harán daño el resto de nuestra vida.

Enfermedades crónicas

Gabor Maté afirma que los pacientes con cierto tipo de enfermedades tienen habitualmente unos patrones de personalidad muy específicos y similares. Suele poner como ejemplo el caso de la ELA porque es uno de los más extremos y él mismo tuvo a una paciente con ELA, quien no admitió estar enferma hasta que perdió prácticamente toda su movilidad.

Aparentemente, todas las personas que desarrollan esta enfermedad presentan una incapacidad total para pedir ayuda y la extrema necesidad de hacerlo todo por sí mismas.

Esta correlación entre personalidad y dolencia se puede observar en numerosas enfermedades crónicas, no solamente en las psicosomáticas o los problemas de salud mental. Es evidente que estos rasgos tan concretos están directamente relacionados con los patrones adquiridos para lidiar con las emociones.

Sin embargo, a pesar de los estudios y la evidencia, no se habla de ello en las facultades de medicina ni se tiene en cuenta en las consultas. El autor recalca que el 99% de los médicos no oye la palabra «trauma» ni una sola vez en toda su carrera.

Adicción

La adicción no es más que un problema de salud mental crónico como tantos otros, pero se estigmatiza y malinterpreta mucho más. Nadie elige tener una enfermedad mental y, por tanto, nadie elige ser adicto. Gabor Maté nos ofrece una definición de adicción mucho más acertada y menos utilizada en la actualidad:

«Una adicción es cualquier comportamiento que una persona ansía porque le genera bienestar o alivio a corto plazo, pero le causa malas consecuencias a largo plazo y, a pesar de ello, no consigue abandonarlo». Gabor Maté.

Lo más importante de esta definición es, sin duda, que en ningún momento se habla de sustancias, sino de comportamientos. No es más adicto quien fuma crack o se inyecta heroína que quien despilfarra su dinero en compras compulsivas o necesita practicar deportes de riesgo continuamente para sentirse vivo.

Todos estos comportamientos no son más que intentos de solucionar un problema, aunque a la larga acaben generando problemas peores. Gabor Maté cita a Eckhart Tolle al decir que todas las adicciones empiezan y terminan con dolor.

Además, añade que la pregunta correcta no es «¿por qué tienes la adicción?», sino «¿por qué sientes dolor?». La clave está en la causa de tu dolor previo a la adicción. Y, por supuesto, esa causa está directamente relacionada con el trauma.

El autor también afirma que la guerra contra las drogas es, en realidad, una guerra contra los adictos. Si se considera que es una enfermedad, ¿por qué se criminaliza? Afortunadamente, no todos los países la tratan del mismo modo, pero aún se necesita muchísima concienciación.

Es más que probable que las legislaciones no se modifiquen por intereses económicos, pero al menos es necesario que la sociedad deje de estigmatizar a las personas con adicciones. Sobre todo porque la gran mayoría somos adictos sin saberlo.

El trauma rige nuestra sociedad

Una de las adicciones más habituales es al trabajo y al éxito. El culto al cuerpo es otra. La sociedad alaba y alimenta muchísimas adicciones porque considera que son positivas.

Pero incluso el comportamiento más sano acaba haciéndonos daño cuando se vuelve compulsivo y lo ansiamos para sentirnos mejor. Si solo te sientes bien cuando estás trabajando o en el gimnasio y trabajas o entrenas tanto que tiene un impacto negativo en tu salud, tu vida familiar u otros aspectos personales, sin duda tienes una adicción.

De hecho, el sistema económico actual también está basado en el trauma y la adicción. No podría sostenerse sin el exceso de consumo de todo tipo de productos que creemos que necesitamos para sentirnos mejor.

Los maestros espirituales antiguos y modernos coinciden en que la adicción más básica que todos tenemos es al pensamiento. Está más que demostrado que lo que pensamos puede hacernos muchísimo más daño que lo que vivimos. Lo que nos afecta no es lo que ocurre, sino cómo lo percibimos.

Sin embargo, igual que nadie se encarga de enseñarnos a sentir, nadie nos enseña a pensar. De hecho, ambos conceptos están relacionados, ya que no son las emociones en sí las que generan posibles traumas y patrones incorrectos, sino cómo las interpretamos, lo que pensamos sobre ellas.

Indagación compasiva: el camino a seguir

Gabor Maté recomienda la indagación compasiva como terapia para detectar nuestros traumas. Afirma que la causa de todo trauma es la desconexión con nosotros mismos debida a la pérdida de autenticidad. Esta desconexión se genera en la infancia al dejar de expresarnos tal como somos para evitar que no nos quieran.

Con la indagación, observamos el dolor que limita nuestra espontaneidad e impide que nos expresemos como somos. La indagación compasiva revisa por qué reaccionamos de cierta manera, que sentimos y pensamos, sin juzgarnos a nosotros ni a los demás. Es necesario aceptar todo tal como es, por muy terrible que parezca.

La compasión implica la investigación del trauma y la aceptación total para promover la comprensión y la sanación. El objetivo no es hacernos sentir mejor, sino mejorar nuestra capacidad de sentir.

Normalmente descubrimos cosas que llevamos mucho tiempo evitando y no queremos ver. Reconocerlas implica reconocernos como verdaderamente somos. Así recuperamos nuestra autenticidad y eliminamos los patrones emocionales generados por la falta de conexión.

La mayoría de los profesionales no pueden ofrecer esta terapia

El problema de la mayor parte de los médicos y terapeutas es que no están dispuestos a experimentar su propio dolor y, por tanto, proyectan sus patrones emocionales en sus pacientes. En consecuencia, no pueden ofrecerles la compasión que necesitan para descubrirse y aceptarse a sí mismos.

En general, si te molesta el dolor de los demás y necesitas que lo superen a toda costa, es porque lo identificas con tu propio dolor y no quieres sentirlo.

Gabor Maté concluye que todos los comportamientos, acciones y reacciones, con independencia de su apariencia, reflejan la necesidad de sentirnos queridos.

En algún momento no recibimos lo que necesitábamos y desarrollamos un patrón emocional inadecuado. Pero al indagar, siempre debemos tener presente que la necesidad de sentirnos queridos se halla debajo de todas las demás.


Mar

Mar

Hace tiempo que perdí la cuenta de mis diagnósticos: ansiedad, depresión, fatiga crónica, cervicalgia crónica, intestino irritable, fibromialgia... Y en el camino he descubierto que no somos el problema, sino el síntoma de una sociedad enferma que nos estigmatiza.

Somos muchos los que sufrimos día a día y no podemos adaptarnos a las exigencias del sistema actual. No estamos solos. Aquí hay un hueco para ti. Juntos somos más fuertes y nuestra sensibilidad nos hace más humanos.

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